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El método Carlitos

Niña solicita a la pescadera un pescado en mal estado para que no vuelvan a enviarla al mercado

Manual para escaquearse con una sonrisa

Cuando era adolescente tenía un amigo que sostenía, con una convicción precozmente estratégica, que había descubierto la fórmula para evitar las obligaciones indeseables que cada día nos encargaban nuestros padres (principalmente, nuestras madres). Y lo mejor de todo: sin necesidad de conflictos innecesarios. Él lo llamaba «optimización del esfuerzo». Con el tiempo, yo lo he rebautizado como «Método Carlitos» y debo reconocer que era verdaderamente eficaz.

La teoría era sencilla y, según Carlitos, infalible: jamás hay que decir no. Negarse a hacer algo genera discusiones y, al final, es casi seguro que terminarás haciendo lo que no te apetece, ya sea por las buenas o por las malas. Lo verdaderamente inteligente, defendía, era aceptar los encargos con disposición ejemplar, incluso con una sonrisa, y después ejecutarlos con una eficacia cuidadosamente imperfecta. No se trataba de sabotear, porque eso despierta sospechas, ni de hacerlo bien, porque entonces la tarea se transforma en responsabilidad habitual. La clave estaba en un punto intermedio: conseguir un resultado que no sea catastrófico pero sí lo bastante incómodo como para que quien delega se piense, la próxima vez, si no será mejor encargárselo a otro.

El campo de experimentación eran, por supuesto, las tareas domésticas, ese territorio de fricciones adolescentes: ir a la compra, bajar la basura, pasear al perro, fregar los platos o recoger la habitación.

Si Carlitos iba al mercado, la fruta incluía invariablemente varias piezas pochas. Si sacaba al perro, siempre había algún encontronazo con los chuchos del vecindario. Si fregaba la loza, el inventario sufría bajas discretas pero constantes. Nada que justificara un castigo o una regañina (sobre todo a la vista de la cara de pesar de Carlitos) que fuera más allá de un «Carlos, tiene que tener más cuidado». La experiencia, sin embargo, resultaba por lo general poco rentable.

No hay mala intención, solo torpeza

La actitud posterior del niño era el broche de oro del método. Ante cualquier resultado mejorable, Carlitos mostraba una mezcla de sorpresa y torpeza: no había mala intención, solo una desafortunada falta de pericia. Ahí residía la astucia. Porque es más fácil asumir que alguien «no es muy hábil para esto» que sospechar una estrategia deliberada.

El resultado, según él mismo constataba con satisfacción, era previsible: sus obligaciones tendían a reducirse. Carlitos siempre mostraba su disposición pero, ante la duda de los resultados, la logística familiar encontraba candidatos más eficaces. Y así, sin confrontaciones abiertas, era aquel de nosotros que siempre tenía más tiempo libre.

Aunque contado puede parecer caricaturesco, cualquier madre o padre reconocerá en esta lógica una intuición infantil real: los niños observan las consecuencias de sus actos con atención quirúrgica. Si hacer algo con brillantez transforma una tarea indeseable (desde su punto de vista) en una responsabilidad fija y hacerlo con torpeza te evita su repetición, ¿no es probable que alguien se esfuerce muy poquito o nada por hacerlo bien?

El Método Carlitos no es una historia sobre la pereza, sino sobre la capacidad temprana para entender cómo funcionan los sistemas. Y como toda estrategia, solo prospera si la valida el entorno.

Una matización

No nos referimos en este post a una incapacidad real o a dificultades objetivas sean del tipo que sea. Carlitos mostraba una torpeza selectiva en contextos muy concretos que no se observaba en las actividades que sí le resultaban motivadoras. El mismo niño que «no sabe» poner el lavavajillas puede manejar con admirable precisión la consola o recordar alineaciones imposibles de su equipo favorito.

Lo interesante de este ejemplo no es tanto la estrategia en sí como la reacción del entorno. Genera irritación… y, al mismo tiempo, tolerancia. Nos quejamos, pero repetimos la tarea nosotros. Nos enfadamos, pero corregimos sin cambiar el reparto de responsabilidades. Y progresivamente se van consolidando dinámicas que después son muy difíciles de desmontar.

Cabría preguntarse si Carlitos sabía lo que hacía desde el principio o si simplemente descubrió (lo más probable), por ensayo y error, que una incompetencia moderada puede proporcionar beneficios. También cabe preguntarnos cuántas veces, ya en la vida adulta, seguimos reforzando aquello que decimos que nos molesta —en la pareja, en los hijos, en los equipos de trabajo— porque, en el fondo, resolverlo nosotros mismos nos resulta más rápido que enfrentarse al malestar de cambiar la dinámica.

Padres y madres debemos tener clara la conclusión de la anécdota anterior: el Método Carlitos solo funciona si el entorno lo refuerza.
 

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