
Te lo ruego, no me animes así
Hay pocas dudas sobre el estado de ánimo del personaje (llamémosle A) que ocupa la parte derecha de la viñeta de hoy (aprovecho para felicitar a nuestro diseñador gráfico por su facilidad para transmitir estados anímicos con apenas un par de pinceladas). El motivo de su malestar es una mala racha económica, pero podría haber sido cualquier otro.
El personaje de la izquierda (B), en cambio, no parece tener problemas. O al menos no tan grandes como para robarle el sueño. Digamos que, en general, se siente satisfecho con su vida y atraviesa un momento vital positivo. No es difícil reconocernos en alguno de estos dos papeles —o incluso en ambos, según el día o la etapa que estemos atravesando—.
Un encuentro casual y dos estados de ánimo
La conversación surgida cuando ambos se cruzan por casualidad en la calle es toda una muestra de la complejidad de la comunicación humana; un baile de lenguajes verbal y no verbal, perfectamente coordinado, donde pesa más lo que se calla que lo que se dice; los mensajes implícitos que la información explícita. La viñeta capta una interacción frecuente cuando dos personas se encuentran en polos emocionales opuestos.
Nuestro personaje B detecta señales de malestar en A. Sin embargo, en lugar de aproximarse y favorecer una interacción que permita a su interlocutor abrirse —si A lo desea, obviamente— y sentirse acompañado, trata de animarlo desde su propia perspectiva de bienestar… y retirarse tan pronto las circunstancias se lo permitan sin resultar grosero. Su reacción animosa es bienintencionada, pero el resultado suele ser decepcionante, porque sus palabras están a años luz de la vivencia emocional de A.
La incomodidad ante las emociones difíciles
Las emociones «positivas» —la alegría, por ejemplo— son agradables para todos. Cuando las percibimos en el otro, tendemos a acercarnos, a compartir, a preguntar, a celebrar. Pero, ay, amiga mía, las emociones «negativas» son otro cantar. Tristeza, enfado o miedo suelen actuar como auténticos ahuyentadores sociales. Nos incomodan, no sabemos qué hacer con ellas y, a menudo, preferimos neutralizarlas cuanto antes.
A todos nos gusta disfrutar de la alegría ajena, pero eso no quita que, llegado el caso contrario, podamos adoptar un papel algo más proactivo.
Muchas veces basta con una pregunta sencilla y franca —un «¿qué tal estás?» expresado con interés genuino— para que la otra persona se sienta escuchada.
Estrés, amenaza y malentendidos
Nuestro personaje B encarna una situación típica de estrés: está sobrepasado por las circunstancias y carece de recursos para afrontarlas. En ese estado, la respuesta de su amigo —que sin duda pretende animarlo— es vivida como amenaza. Surgen pensamientos del tipo «no le importo a nadie» o «soy un fracasado». Y es que, cuando el cuerpo está en alerta continuada, filtra la realidad a través del tamiz del estrés y hasta los mensajes bienintencionados pueden percibirse como ataques.
Dicho lo anterior, hay algo que conviene no olvidar: tal vez no sepamos qué decir. No importa. Muchas veces basta con escuchar.
Antes de lanzarnos a animar, detengámonos y escuchemos a nuestro interlocutor. No siempre sabremos qué decir —ni hace falta—: muchas veces basta con estar disponibles y no invalidar la experiencia emocional del otro.







