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¿Quién necesita una pantalla?

Dos pantallas se quejan de que los niños ya no les hacen caso

El peso del entorno

Desde que puedo recordar mis veranos han transcurrido en zonas costeras más o menos populosas. Este año, por cosas del azar, hemos recalado en una aldea de interior, coqueta, tranquila y minúscula, de esas en la que todos se conocen y la llegada de nuevos niños o adolescentes es acogida por el grupo con expectación. Aunque en principio no las tenía todas conmigo por la diferencia de edad de mis hijos, esta inolvidable experiencia me ha enseñado un par de cosas.

La primera de ellas tiene que ver con el uso del móvil y otros dispositivos. Son muchos los factores que favorecen que niños, adolescentes y adultos dediquen un número ingente de horas a las pantallas y productos diseñados para mantenernos enganchados el mayor tiempo posible: redes sociales, plataformas online, vídeos cortos, juegos o contenidos que inducen al scroll infinito.

La perfecto aspiradora del aburrimiento

Las razones de ese exceso son múltiples. La falta de tiempo compartido entre padres e hijos, la mala prensa que tiene el aburrimiento o la facilidad con la que una pantalla resuelve determinados momentos del día son algunas de ellas. Si el niño pregunta incansablemente «cuánto falta» durante un viaje, protesta mientras espera la comida en el restaurante o no sabe qué hacer durante media hora, tenemos a mano una excelente aspiradora del aburrimiento: la pantalla. De hecho lo elimina con tal celeridad que recurrimos cada vez más a ella.

Cuando llegas a un pequeño pueblo como este, sin embargo, esos motivos pierden importancia. El mismo hecho de que en algunos lugares de la España vacía, la conexión a internet sea deficiente o muy deficiente (todo un problema en términos de despoblación) no deja de ser una ventaja como método de «desintoxicación tecnológica obligada». Si no hay conexión, no hay dispositivo móvil que valga. Pero quedarnos en esto sería conceder demasiados méritos a la mala cobertura. Lo más interesante de la experiencia ha tenido lugar fuera de la esfera tecnológica.

Cambio de paradigma

En una sociedad pequeña, donde los adultos comparten la decisión de buscar alternativas de ocio al móvil y restantes tecnologías, se produce un cambio llamativo: lo raro es permanecer aislado con un dispositivo electrónico mientras los demás hacen otra cosa.

Si el niño es un apasionado de los juegos online seguramente protestará los primeros días, preguntará por ellos y se quejará de aburrirse mortalmente. Pronto descubrirá que los otros están jugando al fútbol, montando en bicicleta, bañándose, construyendo una cabaña o dedicándose a otras actividades que sus padres no habrían conseguido venderle en casa como sustituto de su videojuego favorito. Y es que no hay nada tan convincente para salir de casa como que un grupo de chavales en bicicleta venga a buscarte.

Hay momentos de aburrimiento, por supuesto. Y no pasa nada. Cuando no tienes a mano un dispositivo para cortarlo de inmediato, toca pensar qué hacer. Unas veces la alternativa será fantástica y otras mediocre: dar vueltas sin rumbo, discutir con otro niño, inventarse un juego absurdo o abandonar una actividad a los diez minutos para probar con otra. El aburrimiento no convierte automáticamente a nadie en persona creativa, pero empuja a buscar otras actividades.

La unión hace la fuerza

Es muy complicado —hablo ahora también como madre— mantener determinados límites en casa cuando la decisión es aislada. Decirle a un adolescente que deje el móvil mientras buena parte de su vida social está ocurriendo ahí coloca a los padres en una posición difícil. Lo mismo sucede con el niño que es el único de su grupo que no puede acceder al juego online del que todos hablarán al día siguiente en el colegio.

La presión del grupo, que tantas veces mencionamos para explicar conductas que nos preocupan, trabaja aquí a nuestro favor. Si los otros niños salen, juegan y se buscan la vida para entretenerse, aumenta el deseo de hacer lo mismo. Si además los adultos mantienen unas reglas parecidas respecto a los dispositivos, desaparece buena parte de la negociación permanente.

Este verano no he visto a niños que de repente hayan dejado de interesarse por las pantallas. En cuanto vuelvan a estar presentes, muchos regresarán encantados a ellas. Pero si he comprobado cómo niños aficionados a los videojuegos, en un contexto diferente, han disfrutado tanto con otras actividades que ni se han acordado de ellos.

Y unos padres que tienen claro que es mucho más fácil limitar su uso cuando no tienen que librar la batalla solos. Es cierto, ha ocurrido en circunstancias muy concretas: un pueblo y en vacaciones. Pero algo podemos aprender de una aldea en la que dejar el móvil es mucho más fácil porque cinco chavales con sus bicicletas vienen a buscarte para que salgas.

 

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