
Menos adultos alrededor, más oportunidades para resolver
Había oído con frecuencia lo de «todo niño merece tener un pueblo» y este verano he tenido ocasión de comprender su razón de ser.
Quienes tenemos hijos y vivimos en la ciudad somos conscientes de la dependencia que existe menores y adultos. Las razones pueden ser organizativas: los niños necesitan que los padres los llevemos a las distintas actividades y, con frecuencia, por cuestiones prácticas, terminamos acompañándolos o esperando hasta que acaban. Otras veces tiene que ver con el temor de quienes vivimos en la urbe a que pueda sucederles algo. La hiperinformación tampoco ayuda. Recibimos noticias de sucesos ocurridos a cientos o miles de kilómetros que aumentan nuestra percepción del riesgo. Y tenemos padres y madres que, por su propio estilo educativo, son particularmente protectores. Sea cual sea la razón, los niños tienen pocas experiencias con sus iguales sin la presencia de unos adultos que supervisan, median o regulan lo que sucede.
Con sus pequeñas dimensiones, escaso tráfico rodado, adultos y niños que se conocen entre sí, pandillas que acogen a chavales de todas las edades y un sentido del tiempo muy alejado de las prisas urbanas, nuestros pueblos y aldeas constituyen el escenario idóneo para que el niño aprenda por experiencia propia, con los aciertos y fracasos inherentes a cualquier aprendizaje. Crecen las oportunidades de comprobar qué puede hacer solo, qué problemas es capaz de resolver y en cuáles necesita ayuda. Todo ello contribuye a desarrollar la autonomía y la percepción de la propia competencia.
Un entorno mucho más propicio
Aquí los niños entran y salen de casa sin necesidad de que el adulto los acompañe a todas partes. De hecho, pronto te das cuenta de que una de las cosas que más les gustan es esa sensación de «libertad», de poder decidir: ir a buscar a los amigos, volver porque necesitan una pelota, cambiar de plan sobre la marcha o decidir entre ellos dónde van a jugar.
Los adultos, por nuestra parte, nos sentimos más tranquilos en un entorno en el que quien más y quien menos se conoce. Sabemos dónde recaban nuestros hijos, las distancias son pequeñas y conocemos a buena parte de las personas con las que pueden encontrarse. Esa tranquilidad también modifica nuestra conducta. Dejamos de estar permanentemente pendientes de ellos. Los adultos tienden a relacionarse con otros adultos y los niños hacen lo propio con sus iguales.
Se dan entonces situaciones interesantes que el niño tiene que gestionar. Alguien quiere jugar al fútbol y otro prefiere ir en bicicleta. Dos niños se enfadan. Uno se ha llevado la pelota y hay que ir a buscarlo. Han quedado con otros y no aparecen. Quieren comprar un helado y tienen que averiguar si les llega el dinero. Son pequeñas dificultades que exigen tomar decisiones, negociar, esperar, preguntar, equivocarse y probar otra cosa.
Con un adulto al lado, el niño puede tomar el atajo de preguntar a papá o a mamá. Y muchas veces ni siquiera es necesario que pregunte, porque somos los propios adultos quienes nos anticipamos: «Ve a buscar a fulanito», «dile que ahora te toca a ti», «coge la bicicleta», «ten cuidado», «no hagas eso», «¿por qué no jugáis a otra cosa?». Lo hacemos con la mejor intención y, además, con una eficacia extraordinaria. Un adulto resuelve en treinta segundos un problema que a tres niños puede llevarles media mañana. Desde el punto de vista del desarrollo, esa media mañana es mucho más fructífera.
Intentarlo antes de pedir ayuda
Que los niños tengan oportunidades de resolver sus problemas no significa dejarlos a su suerte. Si mantienen una buena relación con sus padres, saben que pueden recurrir a ellos cuando lo necesitan. La diferencia está en que la ayuda no aparezca antes de que hayan tenido siquiera la posibilidad de intentarlo.
La autonomía no consiste solo en hacer recados o desplazarse sin adultos. También se manifiesta en las relaciones sociales. Resolver una discusión sin que un padre haga de árbitro, incorporarse a un grupo de niños que ya está jugando, decidir qué hacer si el amigo con el que habías quedado no aparece o regresar a casa porque algo se ha complicado son experiencias que les enseñan a desenvolverse por sí mismos.







