
Una confusión frecuente
La hiperactividad y la ansiedad infantil pueden presentar manifestaciones similares: movimiento constante, habla rápida, dificultad de concentración, interrupciones continuas, sensación de inquietud… Si nos limitamos a observar lo que hace el niño, identificaremos conductas que se ajustan a ambas condiciones con el posible riesgo de confusión en el diagnóstico y, por consiguiente, también en la intervención.
Un niño hiperactivo puede levantarse a menudo mientras hace los deberes, no encontrar la postura, preguntar cosas que no tienen que ver con la tarea o ser incapaz de mantener la atención. Pero también podemos observar esta conducta —haya o no hiperactividad— si está preocupado por el examen del día siguiente.
No basta, por consiguiente, con la observación conductual del niño durante la evaluación. Hemos de averiguar en qué circunstancias aparece la inquietud, desde cuándo ocurre, qué sucede antes y después y si hay otros síntomas que expliquen lo que observamos.
Dos causas diferentes
La hiperactividad está relacionada con la dificultad para inhibir respuestas motoras y regular el nivel de activación. El niño no necesita estar preocupado, asustado o nervioso para moverse mucho. Puede hacerlo mientras juega, come con su familia o cuenta algo entusiasmado.
En la ansiedad, la inquietud está vinculada con un aumento de la activación fisiológica y la anticipación de algo que preocupa al niño. Hemos de indagar, por tanto, aspectos relacionados con esas posibles preocupaciones, por ejemplo, si evita determinadas situaciones, busca constantemente la tranquilidad de sus padres, pregunta una y otra vez por lo mismo o se queja de molestias físicas coincidiendo con aquello que le preocupa.
El contexto da pistas
La hiperactividad se manifiesta en todas las situaciones. Puede disminuir ante una actividad novedosa, estimulante o que interesa mucho al niño, pero será evidente ante una tarea repetitiva, una comida larga o una clase que obliga a permanecer sentado y mantener la atención durante periodos prolongados.
En el niño ansioso observamos relación, aunque no siempre evidente, entre el aumento de la inquietud y aquello que teme o anticipa. De ahí la importancia de preguntar qué ocurre en casa, en el colegio, con los amigos o antes de determinadas actividades y no sacar demasiadas conclusiones de cómo se comporta durante una hora en consulta.
No todos los niños con ansiedad saben decir «estoy preocupado» ni todas las formas de ansiedad tienen un desencadenante evidente. El niño puede quejarse de dolor de barriga los domingos por la tarde, dormir mal antes de determinadas actividades o estar inquieto al entrar en el colegio son poder explicar qué le ocurre.
La historia del desarrollo proporciona información valiosa. La hiperactividad está presente desde la infancia, aunque se haga más evidente al evidente al aumentar las exigencias académicas. La ansiedad, en cambio, aparece en un momento determinado o se intensifica después de un cambio, una experiencia difícil o un periodo de estrés. Saber cuándo comenzó esa inquietud ayuda al diagnóstico diferencial.
Una pregunta útil en consulta puede ser: «¿Qué ocurre con la inquietud cuando desaparece aquello que preocupa al niño?». Si se mueve constantemente en momentos en los que está tranquilo y ese es su funcionamiento en diferentes ámbitos, tendremos que explorar una posible hiperactividad. Si la inquietud aumenta claramente coincidiendo con determinadas circunstancias y disminuye cuando estas desaparecen, la ansiedad adquiere mayor peso como posible explicación.
También pueden coexistir
Ansiedad e hiperactividad pueden coexistir. Un niño hiperactivo puede tener además un trastorno de ansiedad y, en muchos casos, relacionado con sus propias dificultades.
Hablamos de niños acostumbrados a vivir situaciones de fracaso y a ser objeto de innumerables correcciones: «Estate quieto», «te lo acabo de decir», «¿por qué no piensas antes de hacer las cosas?». Con el tiempo y a fuera de repetidas, empiezan a anticipar futuras equivocaciones, reprimendas o castigos. Un examen, una tarea difícil o la posibilidad de olvidarse material son fuente de preocupación.







