
Siempre hay espacio para la mejora
La viñeta de hoy me da pie para destacar algunos aspectos de interés a la hora de valorar la conveniencia de la intervención familiar.
Cuando llegan a consulta acompañando a su hijo o hija —porque presenta dificultades de conducta o falta de autonomía, por ejemplo—, los padres suelen estar convencidos de que la dificultad es «cosa del niño».
Sin embargo, nuestra experiencia nos lleva casi siempre a ampliar la mirada y centrarnos en la familia, ya que rara vez las dificultades se circunscriben exclusivamente al menor. Con frecuencia, tienen mucho que ver con patrones relacionales arraigados que pasan inadvertidos para quienes forman parte de ellos.
Problemas de conducta y dinámicas familiares
Obviamente, la presencia de un trastorno de base puede añadir complejidad a la vida familiar. No obstante, las respuestas que surgen ante esa circunstancia suelen reforzar ciertos comportamientos e incluso propiciar la aparición de otros más problemáticos.
A veces, sin darse cuenta, los padres entran en una dinámica de vigilancia constante: anticipan el error, corrigen antes de que aparezca y reaccionan con rapidez ante cualquier desviación. Esta actitud, movida por la preocupación, termina generando un clima de férreo control.
Cuando esto sucede y las cosas se complican, los padres terminan relacionándose con su hijo o hija desde una perspectiva negativa. La convivencia se convierte en un sinfín de correcciones y reprimendas, donde apenas hay espacio para las experiencias positivas.
Toda conducta se inscribe en un entramado de expectativas, temores, estilos educativos y formas de comunicación que repercuten en su mantenimiento o en su extinción. Muchas veces el niño es, sin pretenderlo, el portavoz de un malestar familiar que va más allá de sus dificultades.
Refuerzo positivo en familia
Durante el trabajo terapéutico, conviene ayudar a la familia a reconocer y reforzar los pequeños logros del niño, porque, aunque pueda parecer poco intuitivo, a menudo les resulta difícil hacerlo.
Ahora bien, también aquí conviene actuar con prudencia y sentido común. Reconocer los logros no significa caer en el exceso ni centrar toda la atención en los avances del niño, porque puede ser contraproducente.
Cuando los padres elogian por sistema cualquier conducta —incluso la que ha sido casual o no ha supuesto esfuerzo— el reconocimiento acaba perdiendo todo valor. No se trata de aprobarlo todo indiscriminadamente, sino de prestar atención a qué se valora y, sobre todo, de destacar el esfuerzo realizado.
El refuerzo concreto es mucho más eficaz: señalar qué conducta se aprecia, en qué contexto y por qué ha supuesto un avance. Además de aprobación, el niño recibe información útil para comprender qué se espera de él. Este tipo de reconocimiento favorece la internalización de normas.
El refuerzo no siempre adopta la forma de elogio verbal. La disponibilidad emocional, la escucha atenta o el tiempo compartido sin correcciones son potentes formas de validación.
El sentimiento de ser diferente
Hemos observado, además, lo beneficioso de incorporar el reconocimiento de los logros de cada miembro de la familia a la vida cotidiana. Las dificultades que presentan algunos niños no suelen limitarse al hogar; también se manifiestan en el colegio y en su grupo de iguales. Con el tiempo, el niño acaba sintiéndose señalado, lo que repercute en su autoestima y confianza.
Cuando un menor recibe de manera reiterada el mensaje —explícito o implícito— de que es «el que más problemas da», termina asumiendo esa imagen empobrecida de sí mismo que se convierte en una forma de identidad.
Aunque pueda parecer contradictorio, cuando la familia centra el refuerzo exclusivamente en el niño, puede intensificarse la sensación de ser diferente. Por eso resulta tan valioso que el reconocimiento forme parte de la dinámica familiar y alcance a todos sus integrantes.
La viñeta refleja la idea propuesta: recoge «lo que hace bien» cada miembro de la familia y valora de forma natural el esfuerzo de todos. Este gesto sencillo contribuye a distribuir la atención, aliviar la presión sobre el menor y recordar que todos, adultos y niños, estamos en proceso de aprendizaje.







