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Recomendaciones para «leer» un libro juntos

El deseo de compartir relatos y narraciones es inherente al ser humano. Gracias a ese afán de contar, el hombre ha podido transmitir conocimientos, tradiciones, creencias y normas de conducta; ha dado respuesta a fenómenos naturales que escapaban a su entendimiento y, sobre todo, ha contado con una poderosa herramienta para entretener, educar y difundir noticias entre una población que era, en su mayor parte –también los propios contadores de cuentos– analfabeta. El origen de los primeros cuentos escritos se sitúa en torno al año 1550 a.C., e incluso entonces la lectura estaba al alcance de muy pocos. La transmisión de los relatos era oral y los juglares debían confiar en su memoria y buen hacer declamativo para entretener a los adultos y niños que los escuchaban embelesados. El cuento era, por consiguiente, una pieza viva, siempre cambiante, que se adaptaba a los acontecimientos del momento y que requería de grandes dosis de improvisación para adecuarse a los oyentes y sus circunstancias.

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Hoy la educación es un derecho universal y la gran mayoría de nosotros sabemos leer y escribir. Pero saber leer y entender un texto no significa que seamos capaces de transmitir emociones y crear expectación cuando lo leemos ante otros. Si queremos captar la atención del niño, despertar su interés y fascinación por una historia; si queremos que participe activamente en ella y que el aprendizaje sea real y significativo, hemos de poner alma a lo que contamos y dar rienda suelta al juglar que llevamos dentro.

Dicho lo anterior, queremos proponeros algunas sencillas recomendaciones que favorecerán la experiencia de «leer» un cuento con nuestros pequeños. Aunque estas recomendaciones están particularmente indicadas para niños con edades comprendidas entre 2 y 4 años, no hay ninguna razón para no iniciar la lectura de cuentos tan pronto vuestro hijo muestre interés por ello:

  • Ponernos a su altura para establecer contacto visual. El contacto visual transmite interés por la otra persona y por cuanto tiene que decir, algo que el niño percibirá inmediatamente.

  • Frente a frente. Si nos situamos ante el niño podremos observar sus reacciones e incorporarlas al relato. Si colocamos al niño en nuestro regazo, podremos percibir esas reacciones, pero perderemos la información que nos transmite su cara. Ambas estrategias son válidas y la elección de una u otra dependerá del momento.

  • Conocer el libro que vamos a compartir. Haber leído el libro previamente y conocer el argumento nos permitirá disponer de un buen repertorio de expresiones, gestos o tonos de voz acordes con el contenido.

  • Utilizar la prosodia para dotar de contenido a la historia. Podemos jugar con los tonos agudos y graves para atribuir voces a los personajes o expresar emociones de alegría, tristeza, sorpresa o enfado; elevar o reducir la intensidad de la voz pare realzar determinados momentos narrativos; recurrir a los silencios para crear suspense….

  • Elegir el cuento juntos para tener la seguridad de que se adapta a los intereses y preferencias de nuestra hijo y que, por tanto, le resultará motivador.

  • Hacer lectura de imágenes. Esto significa compartir imágenes con nuestro hijo y observar qué le llama la atención de cada ilustración. Recogeremos entonces su producción y la expresaremos verbalmente, relacionándola con la historia que estamos contando. Y quisiera recalcar que utilizo aquí expresamente el verbo contar, no leer.

  • Repetir los mismos cuentos. A los niños les gusta repetir las mismas historias una y otra vez porque les da seguridad saber qué es lo que va a ocurrir a continuación: conocer la historia de antemano les genera una reconfortante sensación de control sobre la situación. Esto no significa que tengamos que leer todos los días el mismo cuento: tendremos que buscar estrategias para proponer nuevas historias.

  • Evitar hacer preguntas continuamente. El propósito de nuestras preguntas no debe ser radiografiar lo que el niño sabe o no sabe. Nadie aprende a base de interrogatorios. Las preguntas deben ser interesantes y útiles para plantear hipótesis o posibles acontecimientos en la historia. Las preguntas con respuestas cerradas no aportan nuevos aprendizajes.

  • Formular frases incompletas. Podemos iniciar una frase y dejar que el niño intente terminarla a su manera. De este modo le hacemos partícipe de la historia y estimulamos su capacidad de expresión oral.

  • Cantar. Si el cuento contiene canciones, mejor todavía. Como lenguaje universal, la música tiene la capacidad de conectar a las personas, con independencia del idioma que hablen o de su desarrollo o competencia lingüística. Las canciones infantiles contienen formas melódicas y ritmos básicos y pegadizos, fáciles de memorizar. Las letras incluyen numerosas repeticiones, y se pueden cantar conjunta o alternativamente, dejando que el niño continúe a partir de un punto… y dada la facilidad de los pequeños para cantar y moverse espontáneamente, representando las acciones que propone la canción, no solo fomentamos la expresión verbal, sino también la expresión corporal.

Estas sencillas recomendaciones son útiles para estimular el lenguaje de nuestros pequeños, pero disponemos de un recurso aún más eficaz: olvidar por un instante las preocupaciones que nos angustian y volver a ser juglares con ganas de disfrutar de una buena historia compartida.

Eva Estrada, Logopeda

 

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