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Entendiendo el TDAH: el vuelo de una mosca

¿Alguna vez os habéis parado a pensar en la cantidad de estímulos a los que estamos expuestos? Pues bien, os propongo el siguiente ejercicio:

Retornemos por un momento a nuestros días de estudiantes e imaginémonos en una de esas clases que muchos de nosotros recordamos con cierta nostalgia.

El profesor está hablando –probablemente de cosas muy interesantes– con intención de captar la atención de los alumnos para inculcarles determinados conocimientos.

Entretanto, uno de los chavales estornuda. A María, que se siente en la primera fila, se le cae ruidosamente el estuche metálico. Dos filas más atrás, Marcos levanta la mano porque quiere preguntar algo. Por la ventana, abierta por el calor estival, llega el sonido estridente de una ambulancia, seguido de las explosiones del tubo de escape de una moto y de algún que otro claxon irritado. La puerta se abre y un alumno de la clase de al lado pide un par de tizas.

El grueso de la clase, ajeno a esas intromisiones, sigue con atención las explicaciones del profesor. Se trata de un experimentado docente que no solo conoce la materia que imparte, sino que dispone de los recursos necesarios para hacer que la lección resulte entretenida.

Pero Edu no puede evitar el percibir todos y cada uno de los estímulos que los demás parecen no notar. Como esa mosca que revolotea cerca de la calva del maestro como un helicóptero a punto de aterrizar en un helipuerto. Y por si fuera poco, se ha dado cuenta que el profesor se parece muchísimo a un amigo de su padre y que su tono de voz le recuerda al protagonista de la peli que vio ayer. Además, empieza a notar que le suena la barriga porque está muerto de hambre. Y ahí está la mosca-helicóptero otra vez…

juguetes

Porque ese es el problema de Edu: percibe todos los estímulos con igual intensidad. El sistema encargado de filtrar los estímulos, seleccionando los relevantes y desechando los que no lo son, no funciona como debiera. O, como explicamos a los niños que sufren sus mismas dificultades, «el policía encargado de permitir quién pasa y quién se ha quedado adormilado». Esta es la razón de que la mayoría de los alumnos vea al profesor como un estímulo claro al que dirigir su atención y Edu sea incapaz de hacerlo.

 

Así es el día a día de un niño como Edu. La capacidad inhibitoria que en el niño normotípico funciona de forma natural, no actúa con igual eficacia en el niño con TDA. Focalizar la atención en el profesor, ignorando el resto de los estímulos, puede suponer un esfuerzo titánico para estos alumnos. Y a la fatiga que les provoca el esfuerzo de concentrase en las explicaciones del profesor, se suma la de llevar a cabo todas las tareas planteadas.

Aunque comparta el mismo espacio físico que el resto de los alumnos, el aula en la que se desenvuelve y aprende Edu nada tiene que ver con la de sus compañeros: en su escenario, tan poblado de estímulos internos y externos percibidos al mismo tiempo con igual intensidad, el vuelo de una mosca SÍ ES RELEVANTE. Y el mundo del niño con TDA está repleto de moscas.

Preguntémonos entonces: ¿es justo decir que Edu es un vago o que no le interesan las explicaciones de su profesor? ¿Qué no quiere aprender? ¿Qué nada le interesa?

Docentes, especialistas, familiares o simplemente personas interesadas en el tema podemos aportar nuestro granito de arena comprendiendo las dificultades extras a las que se enfrentan los niños y adultos con TDA a diario y ayudándoles a disipar esas «moscas» que tanto molestan.

Iciar Casado (Psicóloga)


 

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