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El uso de las pantallas

El niño lleva muchos años relacionándose con las pantallas, pero su utilización ha sido en cierta forma, restringida y orientada básicamente al entretenimiento. Hoy necesitamos las pantallas para todo: para relacionarnos con familiares y amigos; para trabajar; para aprender… de la noche a la mañana la pantalla se ha convertido en un recurso imprescindible en nuestro día a día. Y este cambio de función no siempre resulta sencillo para el niño

Además de una forma de entretenimiento, los medios audiovisuales constituyen hoy un valioso instrumento para generar conocimientos y aprendizajes en el niño. A pesar de ello, nos encontramos con chavales que no saben cómo relacionarse con las pantallas, a los que cuesta mantener la atención y que incluso manifiestan claro rechazo a utilizarlas, cuando antes podían pasar horas delante de las mismas.

¿Qué está pasando? La relación niño-pantalla no es nueva en absoluto, pero sí la forma en cómo los adultos esperamos que nuestros hijos se enfrenten a este medio. Cuando el niño ve una película o vídeo actúa, en muchos ocasiones, como receptor pasivo de información. Recibe un estímulo –generalmente visual– que no resulta exigente a nivel cognitivo ni requiere una respuesta precisa.

Ante el actual estado de cosas, queremos que nuestros hijos se concentren; que aprendan cuestiones complejas; que realicen las tareas del cole; que sigan sus actividades extraescolares y que mantengan sus terapias. Cuando esto no ocurre y nuestro hijo deja de prestar atención al poco tiempo o simplemente se muestra reacio a intentarlo, decidimos que las pantallas solo valen para entretener y las descartamos como herramienta de aprendizaje.

Cualquiera de las actividades citadas exige un mínimo de concentración y, para que haya esa concentración, el niño no puede ser un agente pasivo: tiene que ser capaz de focalizar activamente su atención en un estímulo y, además, mantener esa atención, lo que involucra procesos cognitivos bastante más complejos y «laboriosos».

Cuando enseñamos a nuestro hijo a leer, buscamos un espacio libre de distractores mientras se familiariza con letras, sílabas y palabras; aumentamos progresivamente la dificultad de las lecturas a medida que avanza en su aprendizaje y celebramos cada uno de sus avances. Y lo hacemos así porque comprendemos que se trata de un proceso complejo que exige concentración.

El uso funcional de las pantallas tampoco es un aprendizaje sencillo: al igual que la lectura, requiere de condiciones idóneas, de ausencia de distractores y de un trabajo progresivo y sistemático. En este vídeo proponemos algunas recomendaciones y juegos que facilitan ese aprendizaje.

 

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