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El papel de la familia en la disfonía infantil

Aunque popularmente decimos que nuestro hijo está «afónico» cuando le falla la voz, lo correcto sería hablar de disfonía, ya que este es el término que designa la afectación de cualquiera de los parámetros acústicos de la voz (timbre, tono, intensidad, duración). La afonía sería, en realidad, el caso más extremo de disfonía: la incapacidad absoluta de producir emisiones orales. Dependiendo del atributo afectado, la voz del niño sonará ronca, quebrada, gutural o gangosa (timbre), excesivamente grave y con dificultad para producir sonidos agudos (tono) o baja, débil y sin alcance (intensidad). La disfonía puede acompañarse de otros síntomas como dolor o sensación de cuerpo extraño en la garganta, picor, carraspeo, tos, sequedad, fatiga al hablar, hormigueo en los oídos o dolor en el pecho.

El lenguaje oral es uno de los principales medios utilizados por el ser humano para interactuar con el entorno, por lo que cualquier deficiencia que impida la normal utilización de la voz afectará a la vida cotidiana del niño. Una causa frecuente de las disfonías funcionales infantiles es el mal uso o abuso vocal, un terreno en el que los padres, como principal referente del niño, pueden desempeñar una importante labor preventiva.

Dado que el habla del niño está condicionada, en gran medida, por su entorno más próximo, el logopeda otorga gran importancia al papel de la familia en el proceso de rehabilitación. La estrecha comunicación logopeda-familia ofrece múltiples beneficios:

  • El terapeuta mantiene a los padres informados de las actividades que lleva a cabo con el niño en el curso de la terapia y les proporciona pautas para que puedan dar continuidad a la misma en el hogar consolidando los progresos alcanzados en las sesiones clínicas. Si el niño es pequeño, realizará los ejercicios en presencia de los padres para que estos puedan repetirlos en casa de forma natural.
  • Para establecer la causa de la disfonía, el logopeda debe evaluar, entre otros aspectos, las condiciones ambientales que rodean al niño. Entre sus cometidos está el de asesorar a la familia sobre las medidas que debe adoptar para generar un entorno «acústicamente confortable» que haga innecesario el uso forzado de la voz.
  • Esta estrecha colaboración beneficia a todos: un correcto control acústico en el domicilio familiar y unos hábitos adecuados de higiene vocal se traducen en un entorno más agradable y facilitador de la convivencia.

La disfonía es un trastorno complejo por los muchos los factores que pueden estar en su origen –genéticos, orgánicos, funcionales, emocionales, ambientales–. Como en todo lo que tiene que ver con la salud, el «más vale prevenir que curar» es la máxima más acertada. Poniendo el acento en la prevención evitaremos la aparición de problemas futuros o haremos que la evolución sea más favorable si la patología está instaurada. Unas sencillas recomendaciones –que podríamos considerar de puro sentido común– pueden hacer la vida del niño mucho más fácil e impedir la cronificación de la disfonía:

  • Mantén un ambiente relajado en casa evitando los gritos y las situaciones de tensión. El niño aprende de nosotros. De poco valdrá que le pidamos que no fuerce la voz si somos los primeros en gritar para tratar de imponer nuestra opinión. Respeta los turnos de palabra y muestra una actitud de escucha activa cuando hables con tu hijo. No permitas, sin embargo, que te pida las cosas a gritos por costumbre. De ser así, es preferible que lo ignores para no reforzar esa conducta.
  • No pongas innecesariamente alto el volumen del televisor, la radio o el equipo de música (tampoco en el coche. Recuerda además que en muchos modelos los altavoces están instalados a la altura de la cabeza del niño). Cuando hablamos en un entorno ruidoso, elevamos la voz para hacernos oír. Piensa, por ejemplo, en el sobreesfuerzo que realizas al hablar cuando viajas en un medio de transporte mal insonorizado (y un equipo de música puede alcanzar bastantes más decibelios).

  • Habla con el niño despacio, vocalizando bien y con una intensidad adecuada. Recuerda que sois un modelo para vuestro hijo: si en casa todos habláis «aturulladamente», no esperéis que el niño haga otra cosa. Evita hacerlo desde lejos o desde otra habitación para no obligarlo a forzar la voz cuando te responde.
  • Explícale que no debe hablar ni gritar mientras realiza ejercicio físico o esfuerzos como correr o saltar. Debe acostumbrarse a hablar una vez que la respiración haya recuperado el ritmo normal. También debe abstenerse de consumir bebidas frías inmediatamente después de realizar ejercicio.
  • Acostúmbralo a beber agua con frecuencia para mantener hidratados los órganos del habla, evitando las bebidas azucaradas o gaseosas.
  • Enséñale a mantener una correcta higiene de las vías respiratorias, en particular, de las fosas nasales para evitar la acumulación de mocos.
  • Mantén la casa bien ventilada, libre de humos y polvo y con un nivel adecuado de humedad ambiente. Las oscilaciones bruscas de temperatura son causa habitual de laringitis infantil.
  • Si observas que está forzando la voz, trata de ayudarle a que se relaje. Presta atención a su posición corporal para corregir malos hábitos como una excesiva tensión muscular al hablar o movimientos y posturas inadecuados que dificulten la emisión de la voz.
  • Crea las condiciones idóneas para que el niño tenga un sueño regular y duerma las horas que necesita en función de su edad.
  • Al contrario de lo que se suele pensar, los caramelos de menta resecan la mucosa orafaríngeas por lo que es preferible no ofrecérselos.
  • Cuida los excesos vocales durante las enfermedades que afectan a la voz (resfriados, laringitis, afecciones respiratorias, alergias…) y acude al otorrinolaringólogo si la disfonía se prolonga o es recurrente.

En ocasiones los niños no son conscientes de sus problemas vocales, salvo que estos sean muy marcados. Es posible que tu hijo solo se queje de que habla mal tras una competición deportiva, un cumpleaños u otro acontecimiento en el que haya realizado un sobreesfuerzo vocal. Las disfonías recurrentes son una señal de aviso que los padres no debemos pasar por alto.

 

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