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Colorín, colorado, otro padre se ha enfadado

Dejar de hacer algo que nos interesa -sobre todo si lo que viene detrás es aburrido- nos molesta a todos, niños y adultos. La diferencia entre unos y otros estriba en la capacidad de gestionar el enfado.

Pero veamos la ilustración…

¿Cómo se desarrollan los hechos?

  1. Andresín se divierte con sus juguetes y, como cabría esperar, parece que un tifón ha atravesado su cuarto.
  2. Papá, con tono conciliador, le recuerda que es la hora del baño y que convendría empezar a recoger los juguetes.
  3. Andresín le dice que le deje un poquito más… y otro poquito más… y un tercer poquito más.
  4. Diez minutos más tarde, papá endurece el tono y le exige que empiece a recoger.
  5. Andresín, enfadado, se tira al suelo y patalea.
  6. Papá, harto del asunto, eleva la voz enfadado y esto parece animar a Andresín, que patalea con más fuerza.
  7. Papá termina recogiendo la habitación, porque mañana hay cole y no quiere retrasar más la ducha. Andresín, entretanto, aprovecha la situación para jugar un poco más. ¡Lo ha conseguido otra vez!

¿Por qué las pataletas?

Dos motivos principales:

  • El primero está relacionado con un sistema cognitivo poco maduro, con escaso desarrollo de las funciones ejecutivas que nos permiten, entre otras cosas, proyectarnos en el tiempo (proporcionándome la certeza de que podré retomar más adelante la actividad que ahora debo abandonar).

  • El segundo tiene que ver con la gestión de la frustración que acompaña al tener que demorar algo que nos produce placer, una tarea complicada si tenemos en cuenta que los niñ@s no disponen aún de los recursos cognitivos que permiten controlar las emociones. De hecho, también nos encontramos con adultos a los que también les resulta difícil gestionar algunas situaciones, con los quebraderos de cabeza que ello conlleva.

A medida que crecemos y nos exponemos a distintas experiencias, mejora nuestro control emocional o al menos evitamos respuestas desmesuradas que afectan a nuestra interacción con el medio.

Para algunos niños es más complicado…

Los niños con TDAH nacen con un sistema ejecutivo más inmaduro, lo que será perceptible a medida que aumenten las exigencias del entorno. Lo que para el niño normotípico es una dificultad leve (fácilmente reconducible), puede constituir todo un reto para el niño o la niña con TDAH. Si los educadores cuentan con estrategias facilitadores, evitaremos conflictos innecesarios que no generan aprendizajes positivos.

¿Pero cómo manejamos estas situaciones?

  1. Lo que vamos a pedir a nuestros niñ@s no será de su agrado, por lo tanto, es lógico que experimentan enfado. Nuestro propósito no es evitar ese enfado, sino que sepan gestionarlo para que no se convierta en una explosión de ira. Saber que se producirá ese enfado nos prepara para el proceso.
  2. Plantearemos al niño o la niña, con una pequeña anticipación (5 minutos es suficiente), lo que esperamos. De esta forma tendrá tiempo para ir asumiéndolo y su activación emocional será menor llegado el momento de cortar con el juego.
  3. Le ofreceremos nuestra ayuda. Los padres queremos que nuestros hijos hagan las cosas solos, pero a veces es necesario un empujoncito. Esa ayuda inicial favorece el arranque de una conducta que a los niñ@os con TDAH -que necesitan estímulos mucho más intensos para iniciar conductas orientadas a una meta- les costará bastante más que a los niñ@s normotípicos. Cuando recogemos la habitación con nuestro hijo o hija provocamos «situaciones de éxito» que los predispone favorablemente la próxima vez, momento en el que iremos retirando la ayuda.
  4. Reforzaremos verbalmente (los besos son un plus) la conducta del niño una vez que haya recogido su habitación.
RECUERDA:

El objetivo de esta estrategia es reemplazar las dinámicas basadas en el castigo por experiencias reforzadoras. El adulto debe hacer gala de paciencia y perseverancia hasta generar la conducta «reforzable».

En algunos casos puede ocurrir que el resultado no sea el esperado. Aun así, podemos generar aprendizaje positivo aplicando el enfoque pedagógico de la «consecuencia coherente», que se comunicará al niño con tranquilidad y sin enfados innecesarios:

«El juego tiene un inicio y un final, que concluye con la recogida de los juguetes. Si no estás preparado para completar toda la acción, tampoco lo estás para jugar. Por lo tanto, el próximo día no podrás hacer uso de ese juego».

 

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