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¿Ya hablará?

«No te preocupes, ya hablará». Psicólogos y logopedas nos echamos las manos a la cabeza ante este tipo de comentarios que siguen siendo tan habituales, incluso entre los miembros de la comunidad médica. Porque es muy probable que el niño hable pero, ¿y si no lo hace? Habremos perdido un tiempo magnífico, no solo para mejorar sus habilidades lingüísticas, sino también para evitar otros problemas asociados con esas dificultades.

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Algunos hitos en el desarrollo lingüístico

A los dos años…

El niño debe tener un repertorio de 50 palabras aproximadamente y, además, empezar a hacer frases de dos palabras. Se estima que en torno a un 40% de los niños de 2-3 años que no hablan o muestran un vocabulario escaso terminará experimentando problemas con el lenguaje, un porcentaje lo bastante elevado como para no correr riesgos esperando a ver si «arranca a hablar». Por ello, si en torno a los dos años carece de ese repertorio léxico o es incapaz de combinar dos palabras, lo consideraremos como un potencial trastorno del lenguaje –en particular si se trata de un niño, ya que ser varón es un factor de riesgo–. Si no tiene dificultades, no habremos perjudicado su desarrollo. Si tiene dificultades, habremos empezado a intervenir precozmente con todas las ventajas que esto conlleva.

A los tres años…

A medida que el niño crece vamos acotando la situación. Si cumplidos los tres años sigue teniendo poco vocabulario y no elabora frases de dos o tres palabras, se eleva la probabilidad de que estemos ante un trastorno del lenguaje.

A los cuatro años…

A esta edad hacemos el primer pre-diagnóstico. Por regla general, esperamos hasta los cinco años para realizar el diagnóstico de confirmación.

No es difícil sacar conclusiones: entre el momento en que los papás observáis las primeras señales de alerta –en torno a los dos años– y la edad en la que establecemos un diagnóstico definitivo –cinco años–, hemos desaprovechado nada menos que tres años. ¿Qué sentido tiene esperar a los 4 o 5 años si algunos signos de alerta nos indican la conveniencia de iniciar la intervención en casa y ayudar a nuestros hijos en un proceso que sabemos que va a ser largo y costoso?

Un esfuerzo cuadriplicado

Todos nacemos con la predisposición genética para adquirir el lenguaje, pero no a todos nos resulta igual de fácil. Un niño normotípico no tendrá que hacer grandes esfuerzos para ampliar su léxico, ya que éste irá aumentando de forma natural por exposición a un entorno hablante. Un niño con trastorno del lenguaje, sin embargo, necesitará que el adulto le repita la misma palabra una y otra vez (y bastantes más) para poder aprenderla. De hecho, la bibliografía señala que le costará hasta cuatro veces más esfuerzo que a sus iguales normotípicos .

¿Qué hacemos los psicólogos y logopedas?

Cuando los papás -que sois los primeros en detectar este retraso-, acudís a consulta, evaluamos al niño y valoramos su repertorio léxico y también el repertorio comprensivo, porque el pronóstico será peor cuando más afectada esté la comprensión.

Algunos niños tienen más afectación en los aspectos receptivos, que tienen que ver con la comprensión del lenguaje, mientras que otros tienen buena comprensión, pero está afectada la expresión. Esto puede deberse a que no tienen un buen procesamiento fonológico (habla ininteligible), o a que está alterada la morfosintaxis, es decir, la forma de construir las palabras (omisión de preposiciones y artículos, cambio del orden de las palabras) o a un escaso desarrollo de la parte pragmática del lenguaje.

Por eso el TEL se confunde con otros diagnósticos. A veces está la sombra del TEA (trastorno del espectro autista) con el que nada tiene que ver, aunque puedan compartir algunos comportamientos, al menos al principio. Veamos algunos ejemplos: el niño TEL no tiene un buen desarrollo lingüístico y, como le da vergüenza interactuar con otros niños, muestra una actitud retraída; como no puede expresar lo que le molesta, lo hace a través de rabietas, etc. Estos comportamientos pueden generar dudas y conducir a diagnósticos erróneos.

Lo mismo ocurre con el diagnóstico de TDAH. Vivimos en una sociedad hiperléxica en la que todo se realiza a través del lenguaje, un medio en el que el niño TEL se pierde. Como no lo comprende, desconecta del entorno. Entonces viene el diagnóstico fallido: déficit de atención.

El resultado es que el niño llega tarde a consulta o con un diagnóstico incorrecto.

Quisiera aprovechar este post para hacer una recomendación a papás y mamás que tal vez se salga de la norma. Si tu hijo tiene dos años y habla muy poco o tienes sospechas de que no entiende lo que le dices, preocúpate. Sin alarmismo innecesarios, pero con la prevención que requiere esa cifra de riesgo del 40% a la que hemos hecho referencia.

El apoyo de la familia es importante siempre pero, cuando hablamos de niños con TEL, os diría que su papel es mucho más importante que el de los profesores, psicólogos o logopedas. El niño va a aprender por repetición sistemática. Pensemos en el tiempo que el niño pasa con su logopeda: una o dos horas semanales en el mejor de los casos. La verdadera exposición al lenguaje se da en casa. Y esa exposición tiene que ser efectiva, constante y repetitiva para que el niño incorpore el lenguaje. Nuestra función principal, como psicólogos y logopedas, es formar y entrenar a los padres; hacer de vosotros unos eficaces coterapeutas. Y cuanto antes mejor. Porque cuando se trata de TEL, el tiempo es un elemento clave en el aprendizaje de vuestros hijos.

Icíar Casado (Psicóloga)


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